Los cubitos de hielo tenían ya aquella forma redondeada de haber estado en el vaso durante unos minutos. A pesar de que todavía fuera mayo, el sol apretaba y calentaba mi limonada, pero no me importaba. Me había bebido ya la mitad de la botella y no podía parar de reírme. Tenía ante mí a la persona más maravillosa del mundo. Se reía a carcajadas mientras me contaba cualquier estupidez. Nada podía salir mal mientras ella estuviera conmigo. Me hubiera gustado capturar ese momento en una instantánea, mi amiga echando la cabeza para atrás mientras el sonido de su risa manchaba el silencio de las siestas de domingo. Hubiera sido una fotografía bonita.
No habían secretos de por medio, ni inseguridad, sólo confianza. No tendríamos nunca miedo mientras estuviéramos juntas. La única cosa que estaba entre nosotras, en ese momento, eran dos refrescos de limón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario