Eran las tres de la noche. Había llegado hacía ya una hora y ni siquiera había encendido la luz. Para qué. Estaba derrotado, sentado en la banqueta del piano, con la cara entre las manos y un par de botellas de ron vacías a sus pies. Las farolas de la calle a duras penas alumbraban el salón y él tuvo que buscar su paquete de tabaco a tientas. Encendió su enésimo cigarrillo y siguió observando la oscuridad con una mirada vacía y triste. Él sólo era un desgraciado que únicamente poseía un empleo bien remunerado, una casa, algunas personas a las que querer y un corazón astillado. Estaba yermo de lágrimas y tenía la garganta seca y el aliento le olía a alcohol. No importaba. En ese momento, no hubiera vuelto a poner un pie fuera de la prisión que era su casa. Le dolía el pecho y tenía las mejillas frías por los retoños del llanto, y ahora estaba yermo de lágrimas y se sentía acabado. Nunca había conocido un dolor así. Le apuñalaba mil veces y le hacía perder el fuelle y sollozar.
Y en el mundo sólo había un único motivo para que se le rompiera así el alma.
Una mujer.
Ella.
Habían sido cinco horas desde que en ese bar hubieran cruzado sus miradas por primera vez. No había hecho falta ni siquiera saber sus nombres. Unos ojos verdes y unos ojos negros. Sus pupilas se perdieron entre ellas y prendieron. De repente, el aire se había cortado. En un segundo comprendieron que se habían estado buscando durante toda la vida.
La voz de ella era grave y suave, la de el, profunda y algo ronca. Los labios de ella eran de terciopelo, los de él sabían a miel. Ella tenía la piel blanca y él los dedos de fuego, y así fue como ardió un prado nevado. Bebía de ella y se envenenaba en él, y en aquella cama existió el paraíso.
Y en aquella cama vivieron y hallaron la muerte cuando se cerró la puerta de la calle.
Ahora él estaba solo, como un mendigo muriéndose a las puertas del cielo.
No sabía que, entre aquellas sábanas que apresaban su olor, ella se retorcía en lágrimas y agonizaba en su propia tristeza. Ni siquiera se había vuelto a vestir. Estaba encogida, con la cabeza apoyada en la almohada y los ojos rojos y los labios hinchados. Cada vez que aspiraba, aquel aroma llenaba todo su ser, que se sacudía y temblaba con cada nuevo brote de llanto. Habían sido cinco horas y ahora... Nada podía salvarla.
No sabía que, dos semanas después, en el baño de la Universidad, leería en dos líneas azules que en ella había otra vida.
No sabían que, doce meses después, volverían a encontrarse.
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