sábado, 24 de agosto de 2013

De regreso

Lo tenía a dos centímetros. Sus ojos verdes se clavaban en mis pupilas, como si yo fuese la única en el mundo, como si jamás fuera a irse, como si me amase. Estábamos muy cerca, pero él... Él se hallaba tan lejos que era imposible asirle de la mano.

Nos habíamos conocido en una librería. Él iba despeinado, con el ceño fruncido mientras leía la contraportada de un libro. El Guardián entre el Centeno. Mi libro. El que me había acompañado durante toda mi adolescencia, el que me hacía sentir comprendida... La novela de mi vida. Me acerqué a él y, sin saber muy bien que hacía, empecé a hablarle de aquellas páginas que tenía entre las manos. Y me miró, así. Como si pudiera leerme, como si supiera descubrirme.

Habían pasado sesenta y tres días desde aquella tarde y ahora estábamos tan cerca que yo respiraba de su aliento y bebía de su mirada líquida. Pero él... No estaba frente a mí. Nunca lo había estado.

Nos besamos, y en ese enredo de lenguas y ese juego de labios, supe que jamás volvería a verle.

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