sábado, 7 de septiembre de 2013

El Diario

Tenía el trabajo con el que durante toda su vida había soñado. Cada mañana se sentaba ante el mostrador de una caseta de la plaza de la iglesia y preparaba su sonrisa, sus folios blancos, sus hojas de papel reciclado y su papel para cartas, sus lápices, sus colores, sus bolígrafos y su pluma y su tintero. Entonces, esperaba. En el cartel de la caseta se anunciaba una única frase:


SE ESCRIBE

Ella era la maga de las palabras. Las doblegaba bajo su voluntad para conseguir plasmar de forma increíblemente precisa sentimientos e ideas. Ella era una redactora de cartas de amor, una poetisa. Ella era un diario.

Así que cada día escribía mil páginas para mil personas, vertiendo en cada una de ellas su alma entera. Y disfrutaba escuchando a la gente y moldeando todo lo que explicaban para alcanzar el efecto deseado.

De lo que nadie le había avisado era de lo sola que se iba a sentir... Porque ella no tenía a nadie que la escuchase.

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